Archivo mensual: enero 2009

“Solidaridad como oportunidad” (protagonistas de una historia que nos necesita)

Últimamente me he encontrado con diversas situaciones relacionadas al tema de la discapacidad y de la solidaridad, y topo siempre en lo mismo: existe una importante cuota de discapacidad en nosotros cuando se trata de dar un poco más que asistencialismo.

Por ejemplo:

Seguro que a más de algunos padres con hijos con síndrome de Down u otra discapacidad les ha pasado, que dejan de invitar a sus hijos a casas de sus compañeros. (Hablo de escuelas integradas).

 

Ciertamente se produce un desfase cognitivo y un desfase de intereses entre compañeros con y sin discapacidad evidente. Ponerse en el lugar del otro, se aprende y requiere de cierto grado de madurez especialmente en etapas en que el “YO” se está asegurando, como lo es en la etapa de la adolescencia.

 Por esto el rol de educar la solidaridad que cumplen los padres y profesores es muy significativo.

No quiero decir que es necesario que todos los compañeros inviten a la persona  con discapacidad, sino que los más cercanos lo hagan, por ejemplo para el cumpleaños. No es que  queremos obligar a nuestros hijos a invitar a alguien que no quieren invitar, el punto es que es necesario sensibilizar a nuestros hijos “sin discapacidad evidente” a que a todos nos gusta ser invitados al menos en algunas ocasiones especiales.

No es que queramos forzar amistades, sino enseñar a ser solidarios también cuando nos cuesta serlo. A nadie le da lo mismo no ser invitado, este tema trasciende al coeficiente intelectual, produce mucho dolor y tiene que ver con nuestra esencia humana, con nuestros sentimientos, con el sabernos queridos y aceptados.

 

A una de mis otras hijas “sin discapacidad evidente”, que igualmente tiene una compañera con síndrome  de Down le plantee lo siguiente:

“Sería genial que al menos una vez al año invitaras a casa a tu compañera con síndrome  de Down, sabiendo que es una de las compañeras que menos invitan. Imagínate si cada uno de tus compañeros hiciera lo mismo, a tu compañera con síndrome de Down casi no le quedarían fines de semana libres”.Esta simple reflexión es la que motiva un acto de solidaridad, un  saber ponerse en el lugar del otro,  validar los sentimientos de todas las personas, y entregar por amor al otro.

 

Y siento que  hablamos tanto de ser solidarios….creo que nos falta actuar…..y ser ejemplo para nuestros hijos que estamos formando….

 

Y luego algo parecido  ocurre en eventos de recaudación de fondos:

La gente entusiasmada….un video que sensibiliza….algunas lágrimas….dinero: “Yo, superpoderoso, ayudo al pobre, al  discapacitado, al vulnerable”

Claro, ayudo desde el asistencialismo, a que esas personas logren sobrevivir. Sin embargo

Si realmente quiero ayudarlos a ser felices la palabra es incluir.

¿Cómo incluyo a esas personas en mi diario vivir, y más allá de la limosna o el aporte $?

¿Les estoy ofreciendo alguna oportunidad real en el entorno que vivo?

¿Soy solidario con consecuencia o mi solidaridad depende de mi estado momentáneo y de lo conmovedor que haya sido el video?

Y luego la otra parte, que se supone es la que está del lado que busca ayuda: al parecer  mientras más triste y conmovedora sea la situación presentada con el discapacitado: mejor. Más dinero lograré recaudar. Entendamos por supuesto que esos dineros serán necesarios para solventar infinitas urgencias, y eso es buenísimo también.

 

Sin embargo, hay algo aquí, que siento que estamos haciendo profundamente mal.

Y es que necesitamos crear conciencia de ser solidario por nuestra  responsabilidad social y por todo lo que deja de pasar si no cumplimos con ella. El dinero es terrenal, la oportunidad es divina. En ella está el reconocimiento de la capacidad del otro, el desarrollo personal, el trabajo y la autoestima, la felicidad. El cambio requiere reflexionar a cerca del amor que quiero dar por el otro, transformando ese amor en acto, más que en dinero.

 

Desde ahí esto necesita un vuelco importante:

Para ambos ejemplos planteados aquí:  

 

No es que solamente  mi Colegio tenga alumnos integrados y eso me encanta y lo encuentro fabuloso porque les hace bien a mis hijos e hijas. Es que yo doy oportunidad, soy solidario y acojo a mi compañero/a con hechos concretos y en situaciones concretas, entendiendo que esto es favorable para todos. Ya no doy porque soy bueno, sino por mi convencimiento de la necesidad de crear cambios sociales que favorezcan a todos, como ser humano cristiano y porque soy capaz de reconocer en el otro a Dios. Aun más lejos, no doy dinero, sino doy oportunidad y amor real. Dicho sea de paso que la oportunidad es bilateral porque me doy el permiso de conocer gente diversa, liberarme de prejuicios y entablar amistades heterogéneas, flexibilizar mi pensamiento, revisar mi escala de valores y quitarme miedos, etc. Yo decido compartir mi tiempo con el otro, entendiendo que es un desafío para mi propia discapacidad de abrirme al otro.

 

 

Es ahí donde está nuestra mayor discapacidad y es ahí donde malentendemos la solidaridad.

Desde nuestro ego altruista olvidamos que probablemente los más beneficiados de ser solidarios somos nosotros mismos. Y no es más que eso: entregar amor, tiempo y oportunidad: conceptos lamentablemente cada vez más ajenos a nuestro sistema numérico y económico.

Debemos decidir si seguimos esperando, si seguimos siendo testigos de una realidad lejana o bien si nos involucramos responsablemente y pasamos a ser protagonista de una historia que nos necesita.

 

 

 

 

Karin Schröder