Archivo mensual: septiembre 2014

III° Diálogo de Inclusión, Bioética y discapacidad: derechos sexuales y reproductivos Reflexiones incómodas

Por  Pedro Rodríguez Carrasco, Psicólogo, Doctor en Filosofía, Colegio Institución Teresiana.

El pasado miércoles 27 de agosto se realizó en dependencias de la Biblioteca del Congreso Nacional, un “diálogo” de inclusión. Se proponía debatir sobre bioética y discapacidad, específicamente respecto de los derechos sexuales y reproductivos. El espacio abierto a este “diálogo” permitió observar un fenómeno complejo: lo difícil de dialogar no es el tener posturas diferentes ante un determinado problema o situación, como la que en esta ocasión se debatía, sino cómo tiende a ocurrir el que cada exponente busca arrebatar el poder del discurso, hegemonizando cada oportunidad de diálogo. Esta es mi tesis de lo acontecido en este III° Diálogo de Inclusión.

Lo que primero llamó mi atención es que los y las oradoras hablaban o desde una mirada médica o desde una mirada legal del derecho. En un día completo de trabajo no hubo cabida a otras posibilidades de entender y proponer la bioética y la discapacidad. Para entendernos y tomar conciencia de lo “reducido” y, a la vez, las pretensiones de totalidad de lo que se exponía, una doctora venida desde España, planteó explícitamente que entendía la bioética como “un asunto eminentemente práctico”, para resolver cuestiones prácticas, excluyendo de la ética una reflexión del pensar que permita una mirada más amplia y más compleja. Otra doctora planteó que la bioética se reducía al “bioderecho” y que, por tanto, se debía radicar en el ámbito de lo biojurídico, en términos de disminuir las restricciones, eliminando las barreras que impiden la igualdad de condiciones entre las personas. Frente a esto, me pregunto ¿Ha sido el Derecho el primero en darse cuenta, histórica y socialmente, de los límites no franqueados y que pone impedimentos a las personas y, en concreto, a las personas en condición de discapacidad, respecto a situaciones que vulneran la dignidad humana? No suele aparecer el Derecho en la vanguardia de los asuntos de dignidad humana, sino más bien en la retaguardia, custodiando lo establecido, lo consuetudinario. El Derecho llega después, normalmente tarde, para regular reivindicaciones de “legos” en leyes.

Por otra parte, se presentó como “progreso” humano el aporte de los adelantos tecnológicos y medicamentosos, que hacen “más eficiente y segura” la función sexual, ya sea para prevenir embarazos, lograr fertilización o superar impotencia. Frente a lo cual, me pregunto si, dentro de las necesidades sexuales, ¿es lo funcional y lo seguro lo único que preocupa a las personas, para sentirse más plenas? Siendo la funcionalidad de las cosas una razón relevante, no he sabido que otorgue por sí misma satisfacción, sino a aquellos que la diseñan, la comercializan y se enriquecen a costa de los usuarios. Por ejemplo, el “viagra” puede colaborar con la funcionalidad de una erección, pero no garantiza que el acto sexual sea significativo para el “usuario” y para su pareja. Lo que sí garantiza el viagra, es el cuantioso negocio de la farmacéutica.

En este “diálogo” la discusión solo alcanzó algún nivel de dificultad y tensión a la hora de entender el concepto de consentimiento informado, en el caso de personas con discapacidad cognitiva severa para la aplicación de mecanismos de esterilización. En este contexto, más que confrontar argumentos, se superpusieron visiones distintas y limitadas a la defensa de un derecho versus otro derecho, esto es, el derecho a mantener una capacidad reproductiva, versus el derecho a controlar el que se produzcan embarazos no deseados. Pero, en realidad, lo preocupante para los participantes en este “diálogo” era el consentimiento informado respecto del quehacer médico, no el consentimiento existencial de la persona con discapacidad cognitiva ante la relación sexual con un otro. Si es violación o amor de pareja, es asunto de “autonomía”; si es cuestión de regulación de embarazos, es competencia de los médicos.

Sin expositores y panelistas que provinieran de otros ámbitos de la ciencia, del saber y del pensar, como la pedagogía, la psicología, la filosofía, la antropología, etc. en este “diálogo” se construyó un discurso hegemónicamente sesgado. La ética en el interés médico ya no es el pensar radical, sino el acuerdo pragmático de los límites permisibles, de acuerdo a los parámetros de un marco jurídico, en consonancia con los criterios salubristas del oráculo médico. La ética ya no se la piensa, sino que se la calcula y negocia. La ética ya no provoca ni desafía, por ejemplo, a las máximas que pensó Kant, sino que es el preámbulo de lo jurídico y éste está en el ámbito de la negociación política.

El emerger y el manifestarse de modo público de la discapacidad, como una condición que se puede visibilizar y que puede movilizar hacia una nueva sensibilidad social, hacia una nueva forma de comprendernos como ciudadanos, con este tipo de hegemonía del discurso médico-legal se desemboca en reducirlo todo a la funcionalidad y a la eficiencia. ¿A quiénes, sino a aquellos que quieren el dominio del mercado, les interesan meramente las cosas funcionales y eficientes, sin importarles si esta funcionalidad tiene sentido y si aterriza en los afectos y las emociones cambiantes de las personas?

Este diálogo médico-legal, finalmente, se mantiene en el monólogo de una misma visión pragmática: controlar los nuevos escenarios, para sacar el mejor provecho posible en vistas a las ganancias particulares, en vista a los posicionamientos personales de liderazgos en la opinión pública. Para que un diálogo sea plural, debe convocar voces plurales y problematizar desde la diversidad. Pero, sin duda, cuando problematizamos podemos perder el control, la hegemonía.

Frente a la hegemonía de este discurso médico-legal, me atrevo a disentir y plantear que la bioética se debe en primer lugar al contexto epistemológico de la ética, como pensar radical, o filosófico, que piensa más allá de lo funcional. Un pensar que piensa desde la “inutilidad” y del desinterés respecto de resultados que retribuyan ganancias. Un pensar radical es suficientemente arriesgado como para poner las preguntas que incomodan y desequilibran todo intento de control. ¿Cómo es esto posible, si la “ciencia médica” tiene pretensiones de independencia, como un saber que se sustenta en la evidencia empírica y eso basta para sostenerse? Pero, lo sabemos, tener pretensiones de independencia no significa, efectivamente, sostenerse en la independencia, pues también la evidencia histórica muestra que los resultados empíricos pueden estar al servicio del mercado, o de otros imperios e intereses y no de las personas.

Vamos más a fondo. Richard Dawkins nos pone ante un enorme dilema, a la hora de justificar científicamente lo que pretendemos hacer con la “inclusión de la discapacidad”. Una vez que admitimos la idea de Darwin, reelaborada por Dawkins, de que “somos máquinas de supervivencia, autómatas programados a ciegas con el fin de perpetuar la existencia de los egoístas genes que albergamos en nuestras células” (El gen egoísta, 1976), nos debemos preguntar si es posible compatibilizar esta mirada competitiva y elitista de la evolución, con el cuidado, apoyo y promoción del protagonismo de las debilidades humanas. En la medida que, dentro de las propias condiciones de discapacidad hacemos distinciones reducidas a la funcionalidad, hemos llevado la discriminación a un rincón todavía no problemático. Lo fundamental no queda resuelto, sólo ganamos un nuevo plazo para calmar las reivindicaciones de grupos con vulnerabilidad. ¿Qué es la inclusión de la discapacidad y cuáles son sus exigencias éticas? Responder a esta pregunta, más allá de cuestiones formales, funcionales y efectivas, nos debiera permitir llegar de un modo distinto a los aspectos funcionales.

En este sentido, es aplicable el problema que se plantea Tzvetan Todorov en “La Conquista de América. El problema del otro” (1982), en su análisis del llamado “encuentro de dos mundos”, plantea que el descubrimiento del Yo sólo es posible a través del descubrimiento del Otro, el cual es una abstracción construida por el Yo. Nuestra identidad se desarrolla en la medida que, en esa relación con el Otro, lo amenazante de este Otro está bajo control y me reconozco como un sujeto capaz de control; más aún, el triunfo de este control se asocia con la comprensión de una “superioridad” del que controla respecto del controlado, establecida en algún tipo de poder, ya sea en los signos comunicacionales, en el tipo de relación que se permite y en el modelo de sujeto que se supone.

Volviendo a la mirada “biologisista” de Dawkins, que comprende la evolución de los sistemas nerviosos humanos, como producto de la natural habilidad para construir modelos mentales de las cosas tal y como son y desde los que se construye el mundo futuro, como anticipación de patrones para la sobrevivencia, hasta llamarle “selección natural”, desde la cual se “avanza” paso a paso en una escala evolutiva, ¿Qué sentido tiene una discapacidad cognitiva, que no esté en condiciones de anticipar y participar de la “selección natural”?, ¿no hay límites evidentes, desde un sentido crítico de la ética a esta comprensión de lo “natural” de una selección?

Puede ser profundamente ingenuo “participar” en diálogos en los que a nivel de la superficie parecen integrarse voces diversas, las que casualmente confluyen a una voz monocorde, monológica. Es decir, en la medida que la discapacidad no nos incomode respecto de la selección natural, todo va bien para quienes detenten el control. En la medida que la discapacidad siga controlada por algunos, en este caso el discurso médico-legal, sin cuestionar de modo crítico el propio modelo científico de este discurso, sólo se corre la frontera un poco más allá, excluyendo ahora a los que no participan del diálogo, siendo otros los que hablan por ellos: los que siendo menos inteligentes, no construyen modelos mentales que anticipen el futuro.

Sólo cuando este modelo médico-legal se abra a la incertidumbre de escuchar voces que hagan temblar el cimiento de sus estructuras de aproximación a la condición de discapacidad, estaremos realmente “dialogando”. Todas las referencias peyorativas, de culturas “primitivas” porque tienen tales o cuales costumbres, o simplemente, la referencia devaluada de “factores meramente culturales” que entienden a la persona humana de modo “diverso”, no en el “modelo europeo”, no en el modelo de la UNESCO, en el modelo de la homogeneidad salvadora de una humanidad perdida en sus hábitos ancestrales, o perdida en “creencias religiosas” que –desde el mismo modelo hegemónico- es fácil tildar de supersticiosas, ¿no son acaso voces a las que se le debe todo el respeto en una interlocución que llamamos “diálogo”?, ¿no se critica tanto el “oscurantismo” medieval cristiano, no obstante se construye un oscurantismo hegemónico contemporáneo?

Este discurso médico-legal que me he atrevido de llamar “monocorde”, no obstante todo lo que he analizado, resulta interesante y atractivo. Parece resolver de una vez por todas el hacia dónde vamos, dando fluidez a lo que venía atascado. El análisis propuesto no pretende decir que, por ser un discurso monocorde y no cuestionador de sus propios supuestos “científicos” y de pretensión “independientes”, no tenga razones y ecuaciones que pueden, de verdad, aportar. El problema es que se presenta como “discurso totalizante” y descalificador de otras voces.

En uno de los paneles, como he dicho, con presencia de médicos, de modo inesperado aparece mencionada la palabra “educación”, se afirma “el médico tiene la misión de educar al paciente”. De pronto, con el médico ya no necesitamos “educadores”, no necesitamos a los expertos en didáctica y metodología de la enseñanza-aprendizaje, porque en este discurso hegemónico, se entiende que el médico es el que de verdad y con autoridad “enseña” a los pacientes cómo se debe ser. No es que el médico comparta “información” con los pacientes, sino que se transforma en el pedagogo que enseña y corrige el “ser ciudadano” de “su paciente”, la relación con su cuerpo, lo femenino, lo masculino y la relación con sus pares. En tiempos de desprecio a la labor docente, no por cierto la del académico universitario, sino la del docente profesional, el profesor, con este tipo de discurso hegemónico aún menos estaremos en condiciones de reconocer a aquellos que día a día deben lidiar con la diversidad en el aula, desde los niveles de pre-escolar hasta los cursos finales de la enseñanza media. El docente, mucho antes que el médico y por cierto que el abogado, transita desde la integración de la diversidad a la inclusión de la diversidad todos los días por más de ocho horas, no sólo en el espacio físico del aula y el patio del recreo, sino que en el espacio simbólico del saber y en el espacio afectivo-emocional de las relaciones humanas. Es el profesor y la profesora que, con la experticia del método, del ejercicio, de la adecuación a las etapas del desarrollo humano, con la trasposición de saberes a diversos ámbitos de la experiencia y con el desarrollo de habilidades específicas, verdaderamente educa.

Pero la voz del docente no tuvo lugar en el “diálogo” médico-legal. Las calles de las ciudades de Chile reclaman por una educación no segregada, al mismo tiempo que los colegios de elite como el Instituto Nacional defienden su segregación, para no mezclarse con los que no son “selección natural” de la excelencia académica. Qué paradoja!! El diálogo no seleccionó docentes y en las políticas públicas de la educación, donde no está la voz de los docentes, tenemos un grave problema de “calidad”, donde precisamente el modelo exitista darwiniano de la selección de los mejores ha mostrado su fracaso. Para arreglar el asunto, una reforma podría cambiar el modelo, o bien si los “mejores” se oponen, sólo correr la frontera un poco más allá. Así es como operan las becas.

Pensar, lo que se llama “pensar” en filosofía, no es resolver un problema práctico y hacer funcionales las cosas, sino atreverse a navegar en la incertidumbre… en preguntas incómodas, que llevan por derroteros desconocidos e inciertos. En cambio, las funcionalidades son acuerdos del momento y las circunstancias. El hombre sobrevive a las circunstancias y encuentra siempre, de nuevo, modos de establecer supremacías.

No sólo el saber de las distintas disciplinas científicas y técnicas puede, eventualmente, participar en un diálogo que sea tal, sino las condiciones de multiculturalidad, las narraciones creyentes y místicas, así como el sentir del ciudadano de a pie. Cuando el lenguaje de los expertos, invadiendo dimensiones inabarcables por insondables, como la sexualidad y la reproducción humana, tiene pretensiones de completitud, el resultado, con las mejores intenciones del mundo, es un totalitarismo deshumanizante. Pregunten por los teólogos de la inquisición; pregunten por los generales del Tercer Reich; pregunten por el mercado del capital por sobre el trabajo del obrero.

La condición de discapacidad, es la condición de la fragilidad humana, sus límites, su impotencia, su exposición a desaparecer de la existencia. Antes de nacer, los hombres son desiguales y, así, se divide la humanidad entre opresores y oprimidos, en el aprovechamiento de unos respecto de las circunstanciales fragilidades de los otros. Pero el ser humano puede encontrar en la fragilidad la verdad de sí mismo al desnudo, abandonado de las aparentes seguridades del poder y del mercado. Aquello que estamos dispuestos a admitir le ocurra a una persona con una fragilidad, eventualmente vista como la más frágil en una circunstancia dada, es lo que podemos admitir respecto de nosotros mismos en nuestra fragilidad. Lo desafiante es admitirse en la fragilidad, lo fácil y ganancial es admitirse en aquello que nos posiciona en superioridad.

Por último, si nos permitimos esbozar incomodidades desde lo ético, sólo un atisbo en relación a “diálogo”. Todo diálogo auténtico acontece “en la palabra” y en el “encuentro con otros”. Conversamos y la palabra va aclarando el entorno donde, con otros, se construye encuentro. El hombre, convocado por la palabra, entra en la palabra y es habitado por la palabra; así, con otros, todos habitamos el encuentro. Somos traídos al diálogo por la palabra, para un encuentro, salvo que utilicemos la palabra para “clausurar” el encuentro antes que todos entren y aclaren en la palabra, y sean habitados por la palabra, circunstancia en la cual no hay diálogo, sino imposición sorda de un mandato. Las codificaciones de un mandato que clausura no son palabra que nos habita aclarando, sino miedo que paraliza y humilla. Esto se llama abuso de poder, hegemonía del discurso, violencia. En el diálogo, este habitar (ethos, de ahí ética) va desvelando o desnudando, o traduciendo, la verdad de lo que somos como fragilidad y su futuro. Por esto, bio-ética no es, en principio, funcionalidad, sino habitabilidad humana. Las funcionalidades caen, tarde o temprano, en abusos de poder.

En el diálogo donde la palabra aclara la fragilidad, ésta no lo hace por medio de la selección, discriminando lo mejor respecto de lo peor, sino que teje todo el entorno incluyendo cada retazo en su dignidad. El diálogo no significa tranquilizar los contrarios, dando “la razón” de modo indiscriminado a todos. En el diálogo la fragilidad nos implica como criterio de inclusión, desvelando las falsas supremacías, como máscaras al servicio del poder elitista. El diálogo es la pérdida del poder de supremacía.